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jueves, 22 de abril de 2010
De la emergencia de la Innovación y la Revolución Crítica

En 1942, el austriaco Joseph Schumpeter introdujo el concepto “destrucción creativa” para explicar, en una economía de mercado capitalista, la trascendencia de los emprendedores para garantizar el crecimiento económico sostenible en entornos en los que sólo pueden sobrevivir las empresas que mejor se adapten a las circunstancias imperantes en cada momento. Esta adaptación viene monitorizada por la innovación en productos y servicios, por la generación de procesos de producción más eficientes, por la apertura de nuevos mercados, por la obtención de fuentes de materias primas alternativas o por la creación de nuevos monopolios. La fuerza creadora de cada una de estas fórmulas de progreso implicará paralelamente la destrucción de empresas y modelos de negocio obsoletos, y de compañías poco flexibles al cambio o lentas en reaccionar ante la entrada de nuevos competidores o tendencias. En los difíciles tiempos que atravesamos, nos sería mucho más provechoso defender que la innovación es una cuestión de personas y no de tecnologías. Estas han de ser fruto y consecuencia, no el fin, de las ideas de los emprendedores que apuestan por crear o trabajar en empresas que defienden la innovación radical, las que desarrollan nuevos conceptos empresariales y las que crean paradigmas culturales centrados en los trabajadores. Decía Lionel Tiger que “el que no aplica nuevos remedios debe esperar nuevos males, porque el tiempo es el máximo innovador”. No podemos seguir esperando que grandes inventos nos salven de un futuro cierto o incierto y que obtengamos resultados diferentes aun empeñándonos en seguir haciendo lo mismo.

Autor: José Manuel Navarro Llena

El pasado 18 de febrero fui invitado para impartir una charla en el Foro sobre Iniciativa Emprendedora, promovido la Cámara de Comercio de Linares a iniciativa del IES Reyes de España de esa localidad, con la colaboración de la Consejería de Innovación Ciencia y Empresa de la Junta de Andalucía y del Ayuntamiento de Linares. Mi intervención, “Innovación, la Destrucción Creativa”, la planeé para un auditorio conformado por mentes inquietas, personas dispuestas a enfrentarse a un futuro profesional incierto haciendo uso de su activo más preciado en estos momentos: una mente aún no condicionada por la obediencia jerárquica, por lo que es posible o arduo conseguir, y con una pasión y energía arrolladoras e invulnerables al desaliento.

En 1942, el austriaco Joseph Schumpeter introdujo el concepto “destrucción creativa” para explicar, en una economía de mercado capitalista, la trascendencia de los emprendedores para garantizar el crecimiento económico sostenible en entornos en los que sólo pueden sobrevivir las empresas que mejor se adapten a las circunstancias imperantes en cada momento. Esta adaptación viene monitorizada por la innovación en productos y servicios, por la generación de procesos de producción más eficientes, por la apertura de nuevos mercados, por la obtención de fuentes de materias primas alternativas o por la creación de nuevos monopolios. La fuerza creadora de cada una de estas fórmulas de progreso implicará paralelamente la destrucción de empresas y modelos de negocio obsoletos, y de compañías poco flexibles al cambio o lentas en reaccionar ante la entrada de nuevos competidores o tendencias.

En mi exposición no refrendé en términos absolutos esta visión del autor del libro “Capitalismo, socialismo y democracia”, ya que prefiero apostar por los mecanismos de innovación que impliquen la destrucción de los paradigmas empresariales que vienen rigiendo los sistemas económicos desde la revolución industrial. La innovación que se ha venido imponiendo desde el s. XIX ha seguido los supuestos ritualizados de la producción taylorista y de la administración burocrática weberiana, con un esquema incremental donde lo escalable predomina sobre lo disruptivo, impregnando incluso con los mismos principios a la revolución tecnológica. Así, las ya manidas I+D e I+D+i han sido limitadas al mundo de la tecnología y la ciencia, y todo lo que no se desarrolle en estos ámbitos no merece recibir los apoyos oficiales por no considerárseles proyectos innovadores.

En cambio, en los difíciles tiempos que atravesamos, nos sería mucho más provechoso defender que la innovación es una cuestión de personas y no de tecnologías. Estas han de ser fruto y consecuencia, no el fin, de las ideas de los emprendedores que apuestan por crear o trabajar en empresas que defienden la innovación radical, las que desarrollan nuevos conceptos empresariales y las que crean paradigmas culturales centrados en los trabajadores. Decía Lionel Tiger que “el que no aplica nuevos remedios debe esperar nuevos males, porque el tiempo es el máximo innovador”. No podemos seguir esperando que grandes inventos nos salven de un futuro cierto o incierto y que obtengamos resultados diferentes aun empeñándonos en seguir haciendo lo mismo.

Las revoluciones industrial y tecnológica tuvieron su tiempo y sus consecuencias. Ahora es el momento de aplicarnos a la revolución creativa (concepto acuñado en los 60 por Bill Bernbach) que nos proporcione visiones diferentes de la realidad a las que aplicar soluciones múltiples a los problemas que en ella surjan. No debiendo tener miedo a los posibles errores que puedan suscitarse, pues de ellos florecerán oportunidades y, en algunos casos, la medida más acertada.

Estamos preparados congénitamente para enfrentarnos a las adversidades haciendo uso de nuestras capacidades analítica, procesal, de relación e innovadora, pero desde la infancia vamos perdiendo esta última debido a que somos educados con información sobre lo que otros dan por cierto, nos limitan sobre lo posible y lo imposible y nos obligan a tomar decisiones con una única solución. Así, nuestra creatividad es abortada desde la pubertad y tendemos a “matar” o desechar todas las opciones que quedan fuera del proceso final de decisión.

A nivel empresarial ocurre lo mismo. Un problema: una decisión; un reto: una estrategia. Empero, como agravante, quien fija la estrategia y quien toma las decisiones suele ser quien ocupa el vértice de la pirámide jerárquica, la mayoría de las veces muy alejado de la realidad que proporciona las claves para mejorar los productos/servicios, los procesos internos y los modelos de relación con el mercado. Esta realidad se encuentra en la periferia de la organización, observada por los trabajadores que se enfrentan a ella diariamente. Si no se canaliza adecuadamente la emergencia de abajo hacia arriba de las propuestas innovadoras, se cae en el riesgo del continuismo en las conductas empresariales que conducen, a la larga, a la pérdida de competitividad, no por falta de previsión del futuro o por incapacidad para gestionar la incertidumbre, sino por ineptitud para crear una organización flexible que prospere en un futuro que no puede ser previsto (Michael Hammer).

De aquí que la emergencia (a la vez surgimiento y urgencia) de la innovación debe provenir de las personas (sean emprendedores o empleados) capaces de liderar o promover la revolución creativa que debemos secundar, con la que también hemos de estar dispuestos a revisar los dogmas culturales imperantes con una visión crítica y renovadora. Hacer época no es intervenir pasivamente en la cronología, es interrumpir el momento (Walter Benjamín) mediante una comprometida revolución crítica. Pero esto sería objeto de otro análisis.

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